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  • Fernanda de la Torre V

Tumba del Rey Caleb en Aksum


En 2009 tuve la suerte de visitar Etiopía. Me enamoré del país y de su fascinante historia. En particular de la región norteña del Tigray, guardiana de muchos tesoros. Hoy, el Tigray está sitiado y sus habitantes sufriendo lo que muchos llaman un genocidio. El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director de la Organización Mundial de la Salud, originario de esa región, se manifestó en su cuenta de Twitter con el 13 de enero con las siguientes palabras: “Las personas en #Tigray #Ethiopia, que viven bajo un bloqueo de facto durante más de un año, están muriendo por falta de medicamentos y alimentos, y por los repetidos ataques de drones. @OMS y sus socios piden un acceso seguro y sin obstáculos para entregar ayuda humanitaria a los millones de personas que la necesitan. ¡Necesitamos acceso ahora!” El Trigay pasa por momentos muy difícil mi solidaridad con su gente. Por eso, les comparto esta historia de esa región. Dejemos que la Tumba del Rey Caleb nos cuente su historia:


“Me encuentro cerca de la montañas de Adua a las afueras de la Ciudad de Aksum, la más religiosa y durante siglos, la capital del Reino de Aksum, en el territorio que hoy conocemos como Etiopía. Con el tiempo ha tenido tantos nombres: Cush, Reino de Saba, Abisinia…


Mis muros fueron creados para velar por el descanso eterno de dos reyes Aksumitas: Caleb

y su hijo Gebrel. Para eso fueron creados pero, bien sabemos que no siempre sucede lo que se planea y era difícil adivinar para los que me construyeron los complicados caminos del destino.


Me construyeron en siglo VI, con fuertes muros de granito, construidos sin mortero o argamasa. Los largos bloques de piedra que embonan a la perfección, como un rompecabezas gigante. Ellos me dan un aire majestuoso y un toque de misterio. Algunos dirán que me parezco a Machu Picchu, pero es imposible. A mí me construyeron en el siglo VI y a la ciudad peruana nueve o o diez siglos después, aunque el parecido, debo reconocer, es innegable.


De la explanada se entra por una escalera. En cada peldaño se deja atrás el ruido y las preocupaciones cotidianas para entrar a la última morada de un monarca. Hoy, los turistas entran a visitarme y peldaño a peldaño escucho como sus voces se hacen más débiles y las palabras, innecesarias, se tornan casi imperceptibles.


Mis escalinata conduce a la bóveda donde se encuentran unas esculturas de piedra, que parecen ser los ataúdes. Sencillos, sin ornamentos, pero firmes. El rey Caleb, fue uno de los gobernantes más importantes Aksum. Bajo su mandato florecieron el comercio y la arquitectura. Monedas de su época se conservan en museos. Aksum tenía una posición estratégica. Formaba parte del Imperio Romano del Este y desde esta ciudad se controlaba la salida de las embarcaciones en el Mar Rojo. Todo el comercio con la India era controlado por el rey. Caleb fue además un gran militar y defensor del catolicismo. Religión que su predecesor, el rey Ezana instauró en el siglo IV.


Caleb restauró la soberanía etíope en el sur de la península arábiga, en el lugar que hoy llamamos Yemén. Al frente de su ejercito, en el año del señor de 525 invadió la región aplastando la revuelta del príncipe de Dhu Nuwas, quien se había dedicado a perseguir a la comunidad aksumita católica del lugar y forzar a los cristianos a convertirse al judaísmo, con tremendos castigos si se negaban. La rotunda victoria del Rey Caleb le ganó el título de “defensor del catolicismo” y por su defensa de los mártires fue reconocido como santo por la iglesia ortodoxa griega y la Católica Romana como San Elesbaan o San Caleb. La iglesia lo conmemora el 15 de mayo.


Con tristeza debo reconocer que este gran hombre jamás cruzo mis muros. Sus restos mortales tampoco. No fui yo quien velaría por su descanso eterno. Ni de él ni de nadie más. El Rey, a su regreso del sur de Arabia, envió su corona al Santo Sepulcro en Tierra Santa, y abdicó a favor de su hijo para ingresar al monasterio Abba Panthaleon. Ahí pasó en oración el resto de sus días.



Al salir de la escalera, al fondo de la planicie se pueden ver las montañas de Adua, que albergan la ciudad del mismo nombre y donde el 1º de marzo de 1896 tuvo lugar una cruenta batalla que culminaría con la primera guerra ítalo-etíope. A pesar de la superioridad del enemigo, Abisinia logró la victoria y se firmó el tratado de Addis Abeba, que reconocía a Abisinia como un Estado independiente. La paz no dura para siempre, y años después en tiempo del Emperador Haile Selassie, en 1935 fui testigo durante seis largos años del yugo italiano sobre Etiopía”.


Muy buen domingo a todos y gracias por leerme. Me gustaría oír tu opinión. Deja por aquí un comentario o escribe a: info@neteandoconfernanda.com o en Twitter @FernandaT




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