Abu Simbel, ejemplo de fortaleza, poder y fraternidad”
- Fernanda de la Torre V
- hace 12 horas
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Yo soy Abu Simbel y esta es mi historia.
Me construyeron en Nubia, en el desierto, cerca del río Nilo, por orden de Usermaatra Setepenra, Ramesses Meryamun, el faraón que también conocemos como Ramsés II o Ramsés el Grande. Fue un hombre singular y, por consecuencia, yo lo soy también. Mi historia está íntimamente ligada a la suya. Es imposible hablar de mí sin hablar de él y su amada Gran Esposa Real, Nefertari.
Ordenó mi construcción alrededor del año 20 o 24 de los 66 años de su reinado, o aproximadamente hacia 1264 a. C. Tres milenios tienen pocas letras, pero es casi una eternidad. El mundo era un lugar diferente entonces; hoy no hay faraones, no se adoran a los mismos dioses, ya no se llevan ofrendas a los templos. Sin embargo, puedo decirles que, a pesar de las diferencias, la naturaleza humana no ha cambiado. El espíritu humano sigue siendo noble y esforzado y, desafortunadamente, también puede ser necio o falto de visión o inteligencia.
Un faraón era el responsable de mantener la Maat, o armonía del universo. No era tarea fácil. Era el vínculo entre los dioses y los hombres. A él le hablaban, a él lo escuchaban. El peso del mundo estaba en sus hombros. Por eso, podían construir monumentos y templos para que sus nombres sean recordados durante millones de años, como yo.
Nada escatimó Ramsés, el amado de Amón, para construirme. Llamó a los mejores sacerdotes-astrónomos, escribas, artesanos y arquitectos reales. Les explicó detalladamente lo que quería, y ellos lo ejecutaron a la perfección.
¿Cómo construir un monumento como yo? No es fácil, fueron años y años de trabajo constante, desde que sale el sol hasta el ocaso para construir mis dos templos, tipo speo o hipogeo, que fueron cavados en las rocas. En mi templo principal tengo cuatro estatuas sedentes del faraón; cada una de ellas mide veinte metros. Se levantan majestuosas, dando al paisaje un aire solemne y, de cierta forma, sagrado. Suficiente para que hasta el más obtuso entendiera quién mandaba por ahí. De ellas sólo tres siguen en pie. Un terremoto me sacudió, y ni el magnífico Ramsés pudo detener la terrible suerte de una de ellas: la cabeza cayó al suelo y ahí está hasta el día de hoy, enorme, semienterrada en la arena, sin que podamos ver su rostro.
En mis muros, Ramesses pidió que se grabara su gran victoria en la Batalla de Kadesh. Lo vemos imponente sometiendo a sus enemigos. Lanzando flechas desde su carruaje con las riendas de su caballo atadas a la cintura. Quizá la victoria no fue como la narran mis muros, pero guardan su verdad y así quedó plasmada en las rocas.
Sigo, como templo egipcio, la forma clásica: una gran sala hipóstila y salas de tamaño decreciente a medida que se acercan al santuario. En la sala hipóstila las estatuas representan a Ramesses como el dios Osiris, y en el santuario se encuentra Ramsés II representado junto a los dioses Ra-Horakhty, Amón-Ra y el dios Ptah. Ptah está colocado de forma que permanece en la oscuridad, mientras los otros reciben luz solar. Esto no es casual. Ramsés decidió que si Ptah era un dios asociado al inframundo y a la creación en la oscuridad, debía ser colocado donde los rayos solares nunca lo alcanzaran. Los deseos del faraón se cumplen hasta el día de hoy, en una especie de teología grabada en la arquitectura del templo.
Otro tema en el que Ramsés fue muy específico fue respecto a la orientación de su santuario con respecto a los astros. Pidió que el astro rey tocara su rostro dos veces al año: si mal no recuerdo debía ser el día de su cumpleaños y el día de su coronación. ¿Quién puede negarle algo al hijo de Ra? Miraba a los sacerdotes astrónomos trabajar durante horas sin fin para dar con la orientación perfecta y lo lograron: dos veces al año, en la fecha que solicitó el hombre más poderoso de su tiempo, el sol se posa en su rostro. ¿Qué otra cosa podría resumir de modo perfecto su absoluto poder político y la grandeza de un imperio?
El hecho de que en mi santuario Ramsés no está representado como faraón humano, sino como igual de los dioses, es una fuerte afirmación política. Se sitúa entre dos grandes dioses solares (Ra-Horakhty y Amón), reforzando la idea de que él es una manifestación divina en la tierra. Esto era propaganda religiosa muy sofisticada porque no fui colocado en ese lugar por su belleza o por un capricho de Ramsés. No. Pidió que me situaran en Nubia o la región del oro, siempre fue una región estratégica al sur del imperio egipcio.
El que un faraón construyera tal monumento tan alejado de su país significaba muchas cosas: quería, además de rendir homenaje a los dioses, demostrar su poder a los nubios y a cualquiera que pasara por ahí. Un templo monumental en un lugar remoto para simbolizar el poder de aquel que fue engendrado por Ra y amado de Amón. Por ello mi construcción tenía varias funciones, y Ramsés las pensó bien todas: quería un templo religioso, sí señor, pero también un monumento propagandístico y un anuncio de fortaleza. Mis cuatro colosos que representan al faraón, lo que en realidad están diciendo es: “Aquí empieza el poder de Egipto.”
Ramesses no sólo era infinitamente poderoso; también era un romántico empedernido, y estaba profundamente enamorado de su Gran Esposa Real, a pesar de tener infinidad de esposas y concubinas. Mi segundo templo lo dedicó a ella, Nefertari, y a la poderosa diosa del amor y la belleza, Hathor. Si dedicarle templos no fuera suficiente, además de dotarla de magníficos títulos, la apodó con un nombre único en la historia del Antiguo Egipto: “aquella por la que el sol brilla”. Sin duda, es una de las expresiones más poéticas que un faraón utilizó para su esposa.
Nefertari también era una mujer única, y no sólo por su belleza, que tenía de sobra. Desempeñó un importante papel como esposa real. Estaba dotada de una brillante mente política. Sus cualidades diplomáticas quedaron reflejadas en la carta que escribió a la reina hitita Puduhepa tras el tratado de paz firmado después de la Batalla de Kadesh, considerado el primer tratado de paz de la historia. En ella escribió: “Nefertari, Gran Esposa Real del rey de Egipto, habla a Puduhepa, Gran Reina del país de Hatti: para mí todo está bien. Que para ti también todo esté bien; que haya paz entre nosotros para siempre.” En pocas líneas establece una relación de igualdad entre ambas reinas, expresa bienestar mutuo y reafirma la paz sin necesidad de evocar el conflicto previo.
Otro rasgo que habla del amor de Ramsés a Nefertari fue la decisión que tomó al encargar la construcción de mi segundo templo: que las estatuas de Nefertari tuviesen prácticamente la misma altura que las suyas. El faraón quería demostrar y dejar claro para la eternidad que Nefertari era no sólo su Gran Esposa Real principal, sino una figura central en su legitimidad. Esto no era común: desobedecía una de las reglas más estrictas del arte egipcio. El faraón siempre se representaba mucho más grande que cualquier otra persona. Por ello, las reinas normalmente aparecen a la altura de las rodillas del faraón para demostrar la importancia y jerarquía. El que Nefertari aparezca del mismo tamaño monumental es algo verdaderamente excepcional, al igual que una reina comparta la dedicación de un templo con una diosa.
Mi fachada del templo de Hathor tiene seis colosos: cuatro representando a Ramsés II y dos a la reina Nefertari. Los colosos están flanqueados por estatuas más pequeñas de sus hijos e hijas. Mi sala hipóstila está sostenida por seis pilares decorados con relieves de la diosa Hathor y la reina Nefertari. Ramsés ordenó decorar las paredes de esta sala con relieves que lo muestran realizando diversas ofrendas a los dioses junto con su esposa. En uno de ellos, la hermosa reina realiza un acto religioso que generalmente estaba reservado solamente para los faraones, otro indicio del gran poder que la Gran Esposa Real tuvo sobre el faraón y, por ende, en las Dos Tierras.
Ah, pero en el devenir del tiempo hay cambios, y las arenas me cubrieron. Me olvidaron, al igual que a mi gran señor. En 1813, el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt observó y documentó una de las enormes cabezas de mis estatuas que sobresalían de la arena. En 1817, el italiano Giovanni Battista Belzoni logró excavar la entrada y entrar después de milenios en mi templo. Si bien Belzoni retiró grandes cantidades de arena, tristemente también robó los pocos tesoros que todavía resguardaba: los objetos de Ramsés, sus ofrendas a los dioses y estatuas.
En el siglo XX otra amenaza se cernió sobre mí. Si antes estuve cubierto de arena, ahora la gran amenaza era que me cubrieran las aguas del Nilo, y esta vez para siempre.
En 1959 se inició una campaña internacional de recaudación de fondos para salvar los monumentos de Nubia, ya que estábamos en peligro de desaparecer bajo el agua como consecuencia de la construcción de la presa alta de Asuán. Se presentaron muchas propuestas para salvarme y salvar a mis hermanos. Mi rescate inició en 1964 por un equipo multinacional de arqueólogos, ingenieros y operadores de equipo pesado que trabajaron juntos bajo el estandarte de la UNESCO. Con un cuidado extremo, fui partido en grandes bloques de entre 20 y 30 toneladas para reubicarme a unos 65 metros más alto y 200 metros más lejos del río. Con seguridad les puedo decir que fue uno de los mayores retos de la ingeniería arqueológica en la historia, pero valió la pena. Miles de turistas viajan de todas partes de la Tierra para visitarme. Entran a mi templo de Ramsés, al de Nefertari y, en cierta forma, esas visitas son una manera de rendirles homenaje a ellos y a una civilización grandiosa del pasado.
Si se maravillan al verme, se sorprenden casi aún más al saber que no es mi lugar original. El equipo realizó un trabajo tan excepcional que difícilmente puede pensarse que no estoy en donde su majestad ordenó construirme, pero es así. Gracias a su inteligencia, esfuerzo y fraternidad, logré sobrevivir a las amenazas de inundación y fui declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979 junto con mis hermanos.
Si bien fui construido para que mis muros hablaran del inmenso poder de Ramsés II, la sabiduría de un pueblo y del gran amor que el faraón profesó a su esposa; debido a mi sorprendente salvamento, hoy soy también un símbolo de fraternidad entre las naciones.
Una muestra de que los hombres pueden ponerse de acuerdo y lograr hazañas extraordinarias, como fue mi rescate y el de mis hermanos en el Lago Nasser.
Sí, cuando los hombres deciden hacer grandes obras, pueden hacerlo. Soy prueba patente del trabajo, inteligencia y astucia de los egipcios de la antigüedad, y también de la solidaridad humana de tiempos modernos, quienes me salvaron y me pusieron en un lugar seguro. La historia demuestra que los hombres pueden lograrlo. La pregunta es si todavía quieren hacerlo.
Por eso es tan importante recordar esa solidaridad y fraternidad humanas que tanta falta hacen en este convulso siglo XXI, cuando el mundo sigue olvidando, una y otra vez, que la grandeza del ser humano no está en su poder, sino en su capacidad de convivir.
Buen domingo a todos. Gracias por leerme. Espero tu opinión dejando un comentario en el blog o en mi cuenta de X: @FernandaT.











