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  • Fernanda de la Torre V

Recuerdos de la infancia



Título: Recuerdos de la infancia


Tengo una debilidad por los sandwiches de pan blanco. Lo confieso. Supongo que es un recuerdo de las fiestas a las que asistía en mi infancia. El otro día en un evento de adultos, arremetí con alegría a los sandwiches. Después me quedé pensando en cuál sería la razón de mi fascinación por los sandwiches. Cuando recordé como eran las fiestas, me di cuenta qué diferente resultó ser el “futuro” de lo que pensábamos en ese entonces que llegaría a ser. De niña pensaba que el futuro me desplazaría en coches que vuelan como los de los Supersónicos, cosa que sigue sin suceder. Solo los aviones y helicópteros cruzan el cielo capitalino. Tristemente los coches voladores o cohetes en la espalda, no son las opciones de movilidad para un futuro cercano. A pesar de que nos desplacemos en vehículos similares a los de nuestra infancia, basta recordar cómo eran las fiestas infantiles para saber cuánto han cambiado las cosas.

Las invitaciones de las fiestas infantiles eran siempre en tarjetas impresas y se mandaban con mucho tiempo de anticipación. Generalmente las repartían en la escuela y además mediaban varias llamadas de las madres para confirmar, reconfortar y preguntar si podían ayudar con algo.

Llegar a la fiesta si no era en casa de tu prima o amiga cercana requería generalmente de la ayuda de la “Guía Roji”. Un libro de pasta suave, desvencijado por el uso, con una portada poco atractiva pero que era indispensable para deambular por la ciudad. De no tenerlo, el hablar a la casa del para avisar que estábamos perdidos y pedir indicaciones requería de un teléfono público que sirviera y de monedas de veinte centavos para usarlos.

Cuando finalmente llegabas a la fiesta, lo hacías bien vestida y peinada, con la ropa que había dispuesto tu mamá. Sabíamos que no hacerlo, conllevaba una fuerte reprimenda. Eran esas épocas en que los niños eran controlados por una mirada de los padres y la amenaza de “si no te lo pones, no vas”. Claro, cómo no habíamos escuchado jamás que hijos demandaran a sus padres por coartar su libertad de vestir como les venga en gana, pensábamos que así eran las cosas y que era ley de vida obedecer ciegamente a nuestros padres sin rechistar.

Las fiestas infantiles eran totalmente diferentes. Para empezar a ningún niño se le ocurriría preguntar “¿de qué es el show?” porque el show éramos nosotros mismos. Sí, nada de shows elaborados o animadores para fiestas infantiles. Jugábamos a las carreras de costales, correr con el limón en la boca, a relevos, resorte, o lo que fuera. También estaban los encantados, las escondidillas y quemados. Algunas veces (siempre previo aviso de llevar una muda extra) había guerras de globos de agua. Si alguien proyectaba una película, era un evento inolvidable.

La comida de las fiestas era diferente. Los platos, salvo por las mamás creativas que los decoraban ellas mismas, eran de cartón blanco ondulado. Había refrescos, sandwiches de jamón y queso en pan blanco sin costra (maravilla de maravillas) y salchichas rojas en los hot dogs. No se hablaba de la comida chatarra, ni la obesidad infantil, ni de menús orgánicos. Nadie se preocupaba por eso, toda la comida era orgánica, supongo. Si te daban de comer formalmente, seguramente serían espaguettis rojos o con crema (el concepto “pasta” todavía no aparecía) o coditos y pastel de carne. Los pasteles eran blancos con betún y tenían (si tenías suerte) una figurita de azúcar de tu muñeco favorito junto con las velas. Los papás comían lo mismo que los niños y si acaso se tomaban un tequila no se preocupaban porque el concepto “alcoholímetro” tampoco existía (desafortunadamente). Los padres fumaban tranquilamente en las fiestas y nadie levantaba una ceja. Era lo común y estaba perfectamente aceptado.

Nos comunicábamos por latas unidas por un cordón y nos divertíamos mucho. Jugábamos al teléfono descompuesto que no tenía nada que ver con la falta de señal en los teléfonos inteligentes (otro concepto inexistente). Los regalos no eran tan diferentes, pero la emoción de recibirlos no ha cambiado. Muchos de esos regalos eran cuentos, matatenas, barbies o juegos de mesa. Los adoraba. Serpientes y escalaleras, Memoria, Lotería y Turista eran los favoritos. Por supuesto que eran de cartón y con fichas de plástico. Las versiones electrónicas de esos juegos eran impensables. En ese entonces nos maravillábamos con los “avances tecnológicos” que hoy serían obsoletos o piezas de museo. Los mayores quizá tendrían un “Atari” que ya nos parecía muy moderno y había que rogar un buen rato para que te dejaran verlos jugar. Había que ser mayor para poder usar esos “videojuegos”.

Si te aburrías en la fiesta estabas en un problema. Si tus padres no estaban, podías llamar a tu casa pero probablemente tu madre no estaría ahí, sino que estaría haciendo otras cosas y no había manera de localizarla, porque no existían los celulares. Así que había que esperar pacientemente hasta la hora acordada. No existía el término “bullying” pero sí los niños o niñas abusivos. Generalmente el problema se solucionaba con facilidad cuando contabas el problema a la mamá responsable de la fiesta. Muchas veces no había necesidad de decir nada porque alguna mamá cercana se daba cuenta y organizaba otro juego en el que estabas incluida. Las paredes se adornaban con globos, serpentinas y cartulinas.

Si alguien nos hubiera hablado de que en el futuro existirían teléfonos inteligentes (no creo que podíamos imaginar algo mejor que el zapatófono del Super Agente 86 o el cuernófono de Los Picapiedra) o tabletas con juegos, no lo habríamos creído. No sé si nos hubiera gustado saber que en el futuro la comida tendría que ser “saludable” para que no regañaran a las mamás por servir comida “chatarra”. Lo que seguramente nos habría gustado saber que si nuestras madres se perdían podían contar con Google Maps o Waze para saber en dónde estaban y que no había necesidad de cargar la Guía Rojí en el coche. También que la podíamos llamar en caso de emergencia. Creo que sí hemos perdido en el tema de invitar por WhatsApp, pero tampoco tenemos tiempos de mucho más, así que habrá que verlas con cariño. Quizá no tenemos coches voladores pero con el Internet y los teléfonos inteligentes, creo que salimos ganando.

¿Cómo recuerdan sus fiestas infantiles?

Buen domingo a todos.


Me gustaría oír tu opinión. Deja por aquí un comentario o escribe a: info@neteandoconfernanda.com o en Twitter @FernandaT

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