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  • Fernanda de la Torre V

Odio...



¿Qué es el odio? El diccionario nos dice que es la antipatía o aversión extrema por algo o alguien que nos disgusta intensamente. El sentir aversión extrema por alguien, –no sé si sea aconsejable–, pero es válido. En algunos casos, hasta entendible. ¿Cómo no odiar a quien te hirió profundamente, como un violador o el asesino de un ser querido? Este odio es sentimiento especifico para una persona concreta, derivado de una acción. A pesar de que sea entendible, nunca es aconsejado. Terapeutas recomiendan dejar de cargar con el costal de odio; ya que odiar a alguien o algo, requiere de esfuerzo y es sumamente cansado. Usar nuestra energía en odiar, hace que ya no tengamos suficiente para otras cosas que nos harán más felices.

Tristemente, últimamente hemos visto ejemplos de odio e intolerancia, que no provienen de una acción, ni se dirigen a una persona en concreto; sino que están derivados del miedo a lo “diferente”. Entendiendo por “diferente” a alguien que no piensa como yo, se ve como, no es de mi país, o no ama como creemos que debe hacerlo. A pesar de que nadie en concreto nos ha lastimado, sentimos odio. Queda claro que el odio busca construir muros, aislar, o negar la igualdad. Nada positivo para una comunidad.

Sembrar la semilla del odio y el miedo puede parecer redituable. Muchas personas encuentran en ese falaz discurso la explicación a sus problemas. Es siempre más fácil buscar razones para odiar a alguien que para sentir empatía. Encontrar diferencias, que similitudes. Es más sencillo culpar a otros, que reconocer que somos los causantes de nuestras miserias. El problema, es que es imposible predecir a dónde va a llegar el discurso del odio o saber a quién va a lastimar. Generalmente, sus consecuencias van mucho más lejos de lo que pensamos.

Si hay algo cierto del odio, además de que envenena (a personas o comunidades), es que tarde o temprano regresa corregido y aumentado. Es como un bumerán que nos sorprende por la espalda en el momento menos pensado y con una fuerza mucha mayor de lo que generamos. Las redes sociales se han vuelto un caldo de odio, un tribunal y patíbulo. Ahí el discurso de odio corre como un reguero de pólvora y tarde o temprano está ahí para atacarte. Bien lo dijo William Shakespeare: “Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”. Como tirios y troyanos las discusiones pueden ser interminables. Más si en ellas se encuentra uno de los sembradores de odio profesionales, que hoy en día abundan.

Estudios científicos que han buscado la raíz del odio en el cerebro, encontraron que se encuentra muy cerca de la parte en dónde sentimos amor. La ciencia comprobó lo que supimos siempre: del odio al amor, sólo hay un paso. Un paso que no es fácil pero es posible.

Por el bien de todos, empecemos a dar ese paso ¡ya!.


“Debemos desarrollar y mantener la capacidad de perdonar. Aquel que carece del poder del perdón carece del poder del amor. Hay algo de bondad en el peor y y algo de maldad en el mejor de nosotros. Cuando lo entendemos, somos menos proclives a odiar a nuestros enemigos. –Martin Luther King, Jr.


Me gustaría oír tu opinión, escribe a info@neteandoconfernanda.com o en Twitter: @FernandaT

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