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  • Fernanda de la Torre V

La regla es que no hay regla... (o la kafkiana castellanización de los nombres extranjeros)

Actualizado: 15 de sep de 2018

No decimos Guillermo Shakespeare sino que usamos su nombre en inglés: William, al igual que para Charles Dickens. Sin embargo, no le llamamos Henry a Enrique VIII y traducimos los nombres de toda la realeza de ese país. La reina no es Elizabeth II sino Isabel II, su marido no es Phillip, sino Felipe...

Detalle del pórtico de la Catedral de San Lorenzo, Trogir, Croacia (Fernanda de la Torre)

Durante varios meses traté –sin suerte– de entender la lógica que tenemos en México para la traducción de los nombres y apellidos y extranjeros. En los foros, cuyas explicaciones para este tema dejan mucho que desear, decían que los nombres de personajes famosos se traducen, para acercarlos al público. Regla que funcionará en otro países pero en el nuestro no. Por ejemplo: No decimos Guillermo Shakespeare sino que usamos su nombre en inglés: William, al igual que para Charles Dickens y nadie duda de su fama. Así que pensaríamos que más bien es al revés, los nombres de personajes famosos se deben dejar en ingles; hasta que recordamos que no le llamamos Henry a Enrique VIII y traducimos los nombres de toda la realeza de ese país. La reina no es Elizabeth II sino Isabel II, su marido no es Phillip, sino Felipe y ambos son padres de Ana, Carlos, Andrés y Eduardo.


Generalmente los nombres de actores y actrices en inglés no se traducen ¡y vaya que son famosos!. No decimos Jaime Bond, Pedro Sellers o Roberto Redford. Tampoco el de los científicos: No se nos ocurriría llamar Carlos, Esteban o Roberto a Darwin, Hawkins o Penrose.

Los nombres propios de personajes ilustres de Francia, son otro dolor de cabeza: Los reyes al igual que los de la Gran Bretaña tienen su nombre en español como: Luis “El Piadoso”, Juan “El Bueno” o Carlos “El Sabio” hasta Luis XVI y María Antonieta. Con la Revolución Francesa –que comenzó con la toma de la Bastilla, pero de la traducción de los nombres de lugares hablaremos en otro momento– las cosa cambia. Decimos Maximiliano Robespierre (pronunciando Robespier, como en francés) pero a Desmoulins (pronúnciese Demulá) si lo llamamos Camille, no Camilo. En el siglo de las luces tampoco encontramos lógica alguna ya que no sólo se traducen nombres sino también sus apellidos: como es el caso de René Descartes (y se pronuncian tal cual, Des-car-tes, no Decart) y Honorato de Balzac. Pero no todos los autores franceses siguen esta regla ya que no traducimos el los nombres de Gustave Flaubert y tampoco, en este caso, el de su obra, ya que nadie soñaría llamar a Emma Bovary “señora” en vez de Madame. Los nombres de Albert Camus y Simone de Beauvoir no se traducen pero sus obras sí. ¿Qué quieren? La lógica en traducir Honoré y no hacer lo mismo con Jean-Paul [Sartre] me rebasa. Los pintores impresionistas conservan sus nombres y apellidos originales: Claude Monet, Paul Gaugin, Pierre Auguste Renoir, Camille Pissarro, Édouard Manet (pronunciados siempre en francés, o de menos intentándolo para no quedar mal).

El nombre del padre del psicoanálisis no se traduce. Es Sigmund no Segismundo. La pronunciación de su apellido siempre es Froid, si lo pronunciamos como se escribe Freud, quedaremos en ridículo al igual que con el de Federico Chopin (Shopan), Friedrich Nietzche (nich, casi como estornudando, decía una maestra en la prepa) o Soren Kierkegaard (Quiquegard). Kant y Einstein conservan sus nombres sin traducción al igual que Kafka, quien siempre es Franz o Richard ya sea Strauss o Wagner.


En italiano generalmente los nombres de los pintores se dejan sin traducir (supongo que por su similitud al español) como Leonardo Da Vinci, sin embargo Buonarotti siempre será “Miguel Ángel”. Con los autores tampoco se sabe: Algunos en algunos casos como el de Edmundo Di Amicis se traducen mientras que otros conservan su nombre original como Giuseppe Tomassi de Lampedusa; quizá porque hay que cambiar algo, para que la confusión siga igual.

Para salir de dudas consulté a mi amiga Pilar Montes de Oca, directora de la revista Algarabía y resulta que la explicación no es tan complicada. Aquí sus palabras: “A partir de la castellano centrismo de la Real Academia Española se tradujeron nombres que hoy no traducimos. Fue un criterio aceptado. Pero como el uso hace la norma, entonces en algunos nombres se tradujeron y otros no”. Así las cosas. Mientras llegamos a un consenso, la regla es que no hay regla. Como muchas otras cosas en nuestra vida, queda a nuestro criterio.


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