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  • Fernanda de la Torre V

L’esprit de l’escalier: el ingenio ya pa’ qué



La confianza sirve en las conversaciones más que el ingenio. La Rochefoucauld


Beatriz, una muy chambeadora ejecutiva, al casarse decidió dejar de trabajar en la empresa para hacerlo desde su casa y tener más tiempo libre. Después de un tiempo se encontró en una fiesta a Mariana. Habían trabajado juntas en la compañía y todos sabían que entre ellas hubo siempre cierta rivalidad. Mariana, que seguía trabajando en la empresa, la saludó amablemente y después del cotilleo rutinario, de pronto le preguntó a Beatriz: “Oye, ¿y qué tal te va trabajando desde tu casa? ¿Estás contenta?” Beatriz le contestó que lo disfrutaba mucho porque tenía tiempo para otras cosas. “Pues qué bien”, le soltó Mariana de sopetón: “La verdad es que siempre me pareció que no estabas cortada para el mundo corporativo, como que no te podías desenvolver bien. Celebro tu decisión porque estás mucho mejor en tu casa”. ¡Plaf! El comentario le cayó a Beatriz como cubeta de agua helada, y se enfureció tanto que se le “lenguó la traba” y en ese momento no pudo contestar nada al impertinente comentario. Después de un rato se fue de la fiesta. Al salir, mientras buscaba en su bolso las llaves del coche empezaron a desfilar por su cabeza docenas de posibles respuestas al estúpido comentario de Mariana: “¡No puede ser posible, le hubiera dicho esto o lo otro!”. Pero ya era tarde. Y así nos pasa. A menudo se nos ocurren respuestas ingeniosas, brillantes y hasta geniales, pero demasiado tarde. Esto es lo que se llama el ingenio “ya pa’qué”.


El ingenio es la facultad del ser humano para pensar, discurrir o inventar con prontitud y facilidad, nos dice el diccionario. Lo siento, pero esto no siempre funciona así. En nuestra vida ocurren miles de situaciones en las que, al igual que Beatriz, no tenemos la capacidad de discurrir ni con prontitud ni con facilidad. Y sabemos lo frustrante que es. Nuestro cerebro en corto circuito, congelado como pantalla de computadora ante un inoportuno comentario de otra persona, y por mucho que deseamos responder algo brillante y contundente, al ingenio no se le da la gana aparecer en ese momento en que tanto lo necesitamos. Para multiplicar la frustración, lo que ocurre siempre es que cinco minutos después, tu ingenio reaparece en todo su esplendor, y se te ocurren mil brillantes respuestas al comentario. It’s too late o Ya pa’qué.


Los franceses tienen una frase para describir este inoportuno y frustrante corto circuito cerebral: L’esprit de l’escalier (El “ingenio de la escalera”). Se atribuye el origen de esta expresión al autor Denis Diderot, en su Paradoxe sur le Comédien que escribió entre 1773 y 1778. ¿Por qué “el ingenio de la escalera”? Porque como las casas del siglo XVIII en Francia tenían sus salones para fiestas en el primer piso, según Diderot era hasta que ibas bajando las escaleras para irte de la fiesta cuando te venía a la mente el brillante y mordaz comentario que debiste haber hecho.


A veces la frustración de no haber podido contestar a tiempo es tan grande que se queda con nosotros mucho más tiempo del que quisiéramos. Pasamos meses (o años) pensando en la respuesta que pudimos haber dicho. A mi amiga Geraldine le sucedió. Durante una comida, cuando Geraldine estaba recién divorciada, Cristina, que estaba sentada a su lado, le preguntó como se sentía. El divorcio por lo general es difícil, y el de Geraldine no fue la excepción. Su ex marido, un hombre con lana, la dejo prácticamente sin nada: tuvo que empezar de cero. Cuando empezó a contarle sus complicaciones económicas, Cristina -que estaba casada y en una muy buena situación económica- le soltó: “Bueno, date de santos que le pague la escuela; ni te quejes de lo demás”. Geraldine apenas podía creerlo: “¿Oí bien? ¿Qué le pasa a esta mujer?” Se quedó atónita y no pudo contestarle nada. Claro que mientras iba manejando a casa se le ocurrieron las posibles respuestas: “¿Cómo que me dé santos con que le pague la escuela? ¿O qué? ¿Tus hijos no necesitan comer? ¿No duermen en camas? ¿No se visten?” Le dolió tanto el comentario y no haber podido contestar a tiempo que Geraldine habló del tema, y de las posibles respuestas, por meses. Si yo hubiera, si yo hubiera, si yo hubiera... Las reglas de gramática nos dicen que el “hubiera” es el subjuntivo del verbo haber, pero sabemos que quedarse estacionados en el hubiera es, en realidad, tiempo perdido. No podemos retroceder en el tiempo, por mucho que lo intentemos, así que no tiene caso lamentarnos por lo que no hicimos, no vimos o no dijimos en su momento. No tiene caso pararnos a pensar en lo que no dijimos en el pasado y que ya no podemos remediar.


Para el ingenio de la escalera no hay vacuna. Por mucho que intentemos protegernos de una situación así, no faltará el cretino o cretina que nos lance un comentario tan doloroso que en vez de contestar brillantemente quedemos mudos, el cerebro paralizado. Es frustrante, y doblemente doloroso, porque encima de tener que aguantar el comentario usualmente venenoso, no podemos contestar nada. De seguro te ha pasado más de una vez. Pero si no hay vacuna, el problema sí tiene solución. No sabemos cuándo ni quién nos va a decir algo que nos ofenda, pero siempre tendremos la opción de no hacer caso al comentario. El refrán clásico dice: “A palabras necias, oídos sordos”, y es bien cierto, aunque Horacio (qepd) prefería: “A chillidos de marrano, orejas de carnicero”.

El problema no es de los necios que nos hieren con el comentario, sino de nosotros, quienes damos valor a sus palabras. Pero tenemos la opción de no darles ningún valor. Ahí está nuestro poder.

Geraldine, a quien tanto le dolió el inoportuno comentario de Cristina, logró con el tiempo aprender dos lecciones muy importantes. Primero, se dio cuenta de que el comentario de Cristina ni siquiera se relacionaba con ella; era el producto de las vivencias de Cristina, quien envidiaba el valor que tuvo Geraldine para divorciarse, mientras que ella llevaba años sufriendo un mal matrimonio. Después se dio cuenta de que importa poco la

respuesta que des a un comentario: puedes dar muchas a tiempo o ninguna; ése no es el punto. El punto es que no podemos permitir que las opiniones de otros nos afecten tanto. Al final del día son sólo eso, opiniones ajenas, ni mas ni menos.


La neta, es bien difícil no permitir que las palabras de otros nos afecten, porque desde niños aprendemos quiénes somos por lo que dicen de nosotros nuestros padres, pero afortunadamente tenemos la opción de no dar poder a la palabra de otros o “no tomarnos las cosas personales”. Miguel Ruiz, autor del libro Los cuatro acuerdos (traducido a más de 40 idiomas y con varios millones de ejemplares vendidos), habla del poder que tiene nuestra palabra y del poder que damos a las palabras de otros. “No tomes nada personal” es el segundo acuerdo. Nada de lo que otros piensan de ti se relaciona contigo, sino con ellos. Es muy cierto. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos escoger ver las cosas desde otra óptica y no tomarnos las cosas personales. Así, la próxima vez que te hagan un comentario desagradable y tu cerebro se quede congelado, no te frustres por no hallar a tiempo la respuesta sagaz; trata de no tomarte el comentario a título personal, y “a otra cosa mariposa”. Está claro que no es fácil dejar de dar importancia a lo que nos dicen, pero bonita vida tendríamos si viviéramos pendientes de lo que otros piensan de nosotros. ¡Ja!


Buen domingo a todos. Gracias por leerme.


Espero tu opinión dejando un comentario en el blog, en mi cuenta de Twitter @FernandaT o enviando un correo a: info@neteandoconfernanda.com


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